Kiltro Polaris

Mutante del mes: Kiltro Polaris

Movimiento de traslación – Alma

Así es como la pierdes

Cuento por Junot Díaz

Traducción por Herson Barona

Ilustración por Arizbeth Chávez Chacón

Lunes 16 de junio, 2014 a las 05:57 am  
Lunes 16 de junio, 2014 a las 05:57 am  
Alma Feature

Tú, Yunior, tienes una novia llamada Alma con un tierno cuello de yegua y un gran culo dominicano que parece existir en una cuarta dimensión más allá de los pantalones. Un culo que podría arrastrar a la luna fuera de órbita. Un culo que a ella no le gustaba hasta que te conoció. No pasa un solo día sin que tú quieras embarrar tu cara contra ese culo o morder los delicados tendones de su cuello. Te encanta cómo se estremece cuando la muerdes, cómo pelea contra ti con esos brazos tan flacos que parecen pertenecer a uno de esos programas juveniles de mala calidad que pasan en la tele.

Te gusta verme, ¿verdad?, te gusta oír cómo me vengo.

Alma es una estudiante de artes en Mason Gross, una de esas chicas alterlatinas que escuchan a Sonic Youth, lectoras de cómics sin las cuales tal vez nunca habrías perdido la virginidad. Se crió en Hoboken, Nueva Jersey, parte de la comunidad latina que perdió su corazón en los ochenta, en un incendio que convirtió a las viviendas en cenizas. Pasó prácticamente cada día de su adolescencia en el Lower East Side, pensando que siempre sería su hogar, pero tanto NYU como Columbia dijeron no y terminó aun más lejos de la ciudad que antes. Alma está en una etapa de pintora y todas las personas que pinta son del color del moho, parece que acabaran de ser arrastradas desde el fondo de un lago. En su última pintura aparecías tú, recargado contra la puerta: solamente tu mirada de tuve-una-miserable-infancia-tercermundista-y-lo-único-que-conseguí-fue-esta-actitud era reconocible. Te puso un antebrazo enorme. Te dije que te pondría musculoso. El último par de semanas, ahora que empezó a hacer calor, Alma abandonó el negro, comenzó a usar estos vestidos casi inexistentes hechos de una tela que parece pañuelo desechable; no haría falta más que un viento fuerte para desnudarla. Dice que lo hace por ti: Estoy recuperando mi herencia dominicana (lo cual no es completamente falso —incluso ha estado hablando español para entenderse mejor con tu madre—), y cuando la ves en la calle, exhibirse, exhibirse, sabes exactamente lo que piensan todos los negros que la miran al pasar porque tú también lo estás pensando.

Alma es delgada como una vara; tú, un bloque adicto a los esteroides; a Alma le encanta manejar, a ti los libros; Alma tiene un Saturn, tú ya no tienes puntos en tu licencia; las uñas de Alma están muy sucias para cocinar, tu espagueti con pollo es el mejor del mundo. Son muy distintos —ella voltea los ojos cada vez que pones las noticias y dice que no “soporta” a los políticos—. Ella ni siquiera se llamaría a sí misma hispana. Se jacta con sus amigas de que eres un “radical” y un verdadero dominicano (aunque ni siquiera aparecerías en el Índice de Plátanos, y Alma es apenas la tercera latina con la que has salido). Alardeas con tus amigos acerca de que ella tiene más discos que cualquiera de ellos, que dice terribles cosas de güera cuando cogen. Ella es más aventurada en la cama que cualquier chica con la que hayas estado; en su primera cita te preguntó si querías venirte en sus tetas o en su cara, y tal vez durante el entrenamiento para ser un hombre no recibiste ese memorándum, por lo que dijiste algo como: eh, en ninguno. Y al menos una vez a la semana se pone de rodillas sobre el colchón ante ti y, con una mano pellizcando sus oscuros pezones, se toca, sin dejarte hacerlo, se dedea y su cara se ve desesperadamente, furiosamente feliz. También le gusta hablar cuando está caliente, susurra: Te gusta verme, ¿verdad?, te gusta oír cómo me vengo. Y cuando termina deja salir un gemido demoledor y sólo entonces te permite que la lleves a tu abrazo, mientras se limpia sus dedos pegajosos en tu pecho.

Hasta que un día de junio Alma descubre que también te estás cogiendo a una hermosa estudiante de primer año…

Sí —es algo basado en que los opuestos se atraen, basado en el buen sexo, basado en no pensar—. ¡Es maravilloso! ¡Maravilloso! Hasta que un día de junio Alma descubre que también te estás cogiendo a una hermosa estudiante de primer año llamada Laxmi, descubre que te coges a Laxmi porque ella, Alma, la novia, abre tu diario y lee. (Claro que lo sospechaba.) Te espera en el porche, y cuando llegas en su Saturn y notas que tu diario está en su mano tu corazón cae dentro de ti como un bandido gordo con la soga al cuello. Te tomas tu tiempo para apagar el carro. Una tristeza pelágica te desborda. Tristeza por haber sido atrapado, por la certeza incontrovertible de que nunca te perdonará. Te quedas mirando fijamente a sus increíbles piernas y entre ellas, a su aún más increíble popola que amaste de una forma tan inconstante durante los últimos ocho meses. Es cuando ella se aproxima llena de ira que tú sales finalmente del auto. Bailas en el césped, impulsado por las últimas emanaciones de tu indignante sinvergüencería. “Oye, muñeca”, dices, prevaricando hasta el final. Cuando ella comienza a gritar, le preguntas: Cariño, ¿dime siquiera cuál es el problema? Ella te dice:

comevergas
cabrón hijo de puta
falso dominicano de mierda.

Ella asegura:

que eres un pitochico
que no tienes pene
y, lo peor de todo, que te gusta el coño con curry.

(Lo cual es realmente injusto, tratas de decir, ya que Laxmi es de Guyana —no de la India—, pero Alma no te está escuchando.)

En lugar de bajar la cabeza y aceptarlo como un hombre, tomas el diario como uno podría sostener un pañal cagado, como uno podría agarrar un condón usado recientemente. Le das un vistazo a los pasajes ofensivos. Luego la miras y sonríes de una forma que tu hipócrita rostro va a recordar hasta el día que te mueras. Nena, dices, nena, esto es parte de mi novela.

Así es como la pierdes.

Herson Barona (Ciudad de México, 1986) fue una joven promesa rota, porque ya ni siquiera es joven y ha dejado de prometer aunque sigue estando roto.