Mutante del mes: Kiltro Polaris

Conversaciones conmigo: la táctica 258 o 99 Luftballons

Texto por David Enríquez @DavidMigala

Lunes 11 de Agosto, 2014 a las 05:22 pm  
Lunes 11 de Agosto, 2014 a las 05:22 pm  

La primera vez que la vi, estaba ella en la entrada de la facultad; muy temprano. Iba yo aún medio dormido y las nubes y la neblina eran la misma cosa juntándose en los cerros. La vi tras uno de esos vidrios de las puertas azules, metálicas y no pude avanzar. Hice como que leía el texto escrito en toscano junto al busto de Dante.

En un pilar puesto al centro del pasillo, con cuatro capas de chamarras, ajena al ir y venir de estudiantes que aparecían como jalados por cuerdas, ella rellenaba un frasquito de plástico de una marca de gel antibacterial para manos con el gel antibacterial que acababan de poner en la escuela por una epidemia trendy.

La vi desde arriba, en movimiento, por la ventana, como se ve un ave por la ventanilla de un avión: dos segundos. Así se apareció su mata amarilla.

Apretaba la válvula del botellón de gel, cinco veces por segundo, diez, rápido rápido, rápido, hasta que su frasquito se llenó; ella miró a los lados, hizo un gesto de victoria y se fue con su frasquito lleno. Luego hablo de su sonrisa.

La segunda vez que la vi, fue en la colonia Santa María, precisamente en la calle Sor Juana Inés de la Cruz. Anoté en mi cuaderno un montón de burradas: “Algo habría escrito Juana la Poeta si la hubiese visto pasar por ahí: Era María Luisa andando, una Remedios la Bella por su estambre de pelo rubio, largo, La Maga de Julito, con los ojos clavados en el celular y caminando sin ver, como levitando, Estefanía de Palinuro con toda la maldad en sus ojos, toda la bondad, todo el odio, todo el amor en sus arrugas de dieciocho años, Toñita la Ciega, como dice Vargas Llosa, ése su silencio, ésa, su sonrisa“.

Yo viajaba en un camión, de nuevo temprano, antes de las 7 de la mañana, de un día que también iba a estar nublado; encontrarla sin duda me quitó el sueño. La vi desde arriba, en movimiento, por la ventana, como se ve un ave por la ventanilla de un avión: dos segundos. Así se apareció su mata amarilla. El camión cruzó Sor Juana y yo me bajé en López Velarde, otra aparición, la calle siguiente. Escribí más abajo: “Admiro el universo como un azul candado/ gusto del cristianismo porque el rabí es poeta/ veo arriba el misterio de un único cometa/ y adoro en la mujer el misterio encarnado“. Sentía el cuerpo más ligero.

Entonces yo tenía probablemente el trabajo número 7 de la lista de los 10 trabajos más pendejos que la humanidad haya inventado. Justo detrás de los podólogos y antes del escritor de música para filmes porno, ahí estaba yo, pasante de Letras, contratado por una agencia de servicios de decoración.

Justo detrás de los podólogos y antes del escritor de música para filmes porno, ahí estaba yo, pasante de Letras, contratado por una agencia de servicios de decoración.

Me entrevistaron por junio y en dos semanas ya estaba durmiéndome en la silla giratoria de una oficina y cobrando mis quincenitas. ¿Ha escrito antes para alguna marca? Sí, sí… ¿Tiene facilidades de lenguaje, como para poner apodos? Exactamente, mi Chapis. ¿Gusta de la lectura? ¿Dónde vive? ¿Le interesan las revistas? Sí, coño, aquí a la vuelta, cuando hago del baño siempre leo hasta la botella del jabón de manos, una vez hice una revista que se llamaba Migala pero se iba a llamar Magali cuando conociera a una chava llamada así, sólo para ligarla.

La bola en la buchaca, me empezaron a vender el puesto: nos dedicamos a hacer salas y comedores, compramos los muebles y creamos un concepto para las casas y las instalamos ahí. Su labor sería ponerle nombre a esas salas. Imperial, Luis XV, pero algo nuevo, necesitamos revitalizar la industria.

Pues sí, Lope de Vega, tú que naciste el mismo día que yo. Ése fue mi primer trabajo. Poner mensajes en el Facebook de una tienda de muebles y bautizar cada mesa, taburete y conjunto matrimonial o familiar: California Sunset, Salambó, Richard Nixon, lo que se me ocurriera.

¿Cómo acercarme a ella? Más aún, ¿cómo se va a fijar ella en mí? Esas cosas no suceden; preferí avocarme el mes siguiente, las semanas siguientes, a terminar un videojuego o no sé, cualquier cosa, estar en internet y ver fotos de cómo se iba pasando este verano tropical, las inundaciones en las avenidas, y su fluir como de coágulo en la arteria. Esas cosas no suceden, pero tenían que suceder, alguien tiene que hacer que pasen, sonarle la nariz a la vida y sacar el coágulo.

Ella, feliz, cargando sus libritos, rizando el rizo del aire con sus chinos rubios, risa con uno, risa con otras; yo, medio solo, medio con unos amigos bien pendejos y tropicgrunge.

De tanto pensar en su cara me la iba encontrando en todos lados. De lejos, yo medio miope, no tanto en realidad, confundía cualquier cabellera rubia y mujer delgada con su mujeridad delgada y su cabellera rubia. Me la vivía leyendo a Becerra, a Paz, a Leyva: “A veces te descubro en el rostro que no tuviste…“, “Tienes todos los rostros y ninguno“, “Puedo pensar que vienes en la lluvia/ tallado el cuerpo en agua, con la rubia/ locura de tu pelo contra el viento“. Y repetía todo eso en mi cabeza, para sentirme enamorado; el temblor en los dedos del enamoramiento me daba ganas de escribir. Y escribir me hacía sentir enamorado. Hacía poemas donde se ve de lejos que no entiendo nada de nada. Uno empezaba con la simple palabra: “chale”, y luego lo demás era mi tropezadera por los sonidos del verso, la balbuceada por los caminos de las once sílabas.

Chale. No es lo mío hablar de estas cosas, ni sacarme sangre y enseñarla, prefiero quedarme callado siempre, pero, chale.

Yo me iba de espaldas cada que la topaba en los pasillos de la universidad, como si hubiera visto a un muerto; el paso de mi rostro solipsista al rostro de quien acaba de despertar de una pesadilla donde se muere, seguro sólo la alejó más. Y ahí seguía la vida dándole duro con un palo. Ella, feliz, cargando sus libritos, rizando el rizo del aire con sus chinos rubios, risa con uno, risa con otras; yo, medio solo, medio con unos amigos bien pendejos y tropicgrunge.

Basta ya. Esto se extendió demasiado y me arrepiento ya de la mitad de las palabras que dije antes. Tanto poema y tanta personaja de novelas. La cosa fue mucho más simple. En esos días sí estaba lloviendo, era verano y las aceras, cuando no estaban llenas de carros, lucían bien, con árboles muy verdes y vivos y reflejos del cielo azul y nuboso en sus charcos. Esas cosas inducen a amar.

Y cuando la veía aquellas mañanas sólo podía pensar: El nacimiento de Venus, como el nombre de otra sala.

Así estaba la cosa aquellos días de la final del mundial 2014. Unos grandiosos beodos de la Facultad me invitaron a una taquería, donde al parecer todos se invitaron, a ver el partido, y sí, ahí estaba El nacimiento de Venus. Agarré mi caguama, observé el aletargado cero a cero de Alemania contra Argentina, y me senté lo más cerca de ella que pude.

No iba a poder. Pero como decía un amigo, por lo menos déjame olerte los codos, chaparrita. Sentada, con seis amigos, dos amigas, la mesa junto a la mía, todos volteados hacia una pantalla. Sus ojos, sus gritos cuando la agarraba Messi. Habrá que ser más claro:

Primer tiempo (1 caguama, cero a cero)

La tensión se puede cortar con un cuchillo. Es el día que todos habíamos esperado, la culminación, la gran fiesta, el día D. Hoy se separan los niños de los hombres; los mortales de las leyendas. El lugar está listo, toda la gente espera, se preparan para el drama, las sorpresas; los momentos que aquí ocurran, hoy, por siempre serán recordados. Un hombre, una mujer. El equipo local ha llegado con muchas dudas a la última justa, y la Visitante se despliega con confianza en la cancha; maneja con calma la cerveza. Quince minutos de la primera mitad y sólo lleva un vaso, muerde delicadamente uno de los tres tacos al pastor que pidió. El Local parece más desesperado, debe guardar energías, toma de su cerveza y muerde la torta, lleva ya medio litro y siempre con la boca llena. Pero observa, no adelanta sin cuidado, recibe bien y parece que está empezando a tomar confianza.

Segundo tiempo (2 caguamas, cero a cero)

La primera mitad fue de análisis, de estudio de parte del local, y mucha confianza de la visitante. Han venido dos veces los meseros y se agota la segunda cerveza. No hay mañana, no hay. Tiene que ser hoy; la visitante tiene la ventaja, la tradición, la hegemonía. El local debe lanzar todas sus armas. Se terminó la segunda cerveza y pide una tercera. Si nos permiten de producción ver su mente; ahí tienen la exclusiva: “Ésta nos la tomamos juntos“. Y no la abre. Es un león agazapado, la visitante no debería confiarse, debería terminarse ya sus tacos e irse. Cualquier cosa puede pasar si se van a tiempos extra.

Pues así terminaron los primeros dos tiempos. Ni Argentina ni Alemania, y estaba más aburrido que nada el juego. La siguiente media hora, ahí se puso bueno. Se levantó a mear un gordito con una playera que promocionaba un maratón de cierta marca de zapatos deportivos. “Atrévete!”, exclamaba la prenda justo debajo de la nuca con papada del hincha argentino. ¿Cómo habría estado yo en aquellos tiempos como para hacerle caso a una playera?

Medio borracho, seguramente. Lo que pasó enseguida no podría ni quiero confirmarlo del todo, pero sucedió más o menos así:

Wey, ¿cómo se llama esta chava?, ¿no va contigo en una clase? Monelle. ¿En serio? Sí. ¿Oye, tú eres Monelle? No. Me llamo Magdalena. Risas. Este wey me dijo que te llamabas así. Me acordé de Marcel Shwob y tenía que decírtelo. No lo conozco. Es como Rimbaud pero menos gay. Me encanta Rimbaud, cuando fui a Francia visité su tumba. Rimbaud era extraordinario. Habemos pocos así. Risas. ¿Tú qué tienes de extraordinario? Si algún día escribo esto, obviamente sabrán que fuiste tú quien me preguntó qué tengo de extraordinario, porque en ti no hay duda. Risas. No es cierto, me gusta hablar mucho y ya; yo tengo de extraordinario, una condición única: cuando mi madre me gestó, la placenta tuvo una extraña mutación que produjo dos cordones umbilicales. ¿En serio? Algo así. ¿Luego? Por lo tanto, tengo dos ombligos. ¡No puede ser cierto! No lo es, pero es divertido por lo menos. Risas. ¿Estás en la facultad, no? Sí. Yo ya salí. ¿A qué te dedicas? Le pongo nombres a los muebles: Estilo imperial, Acapulco Gold, Monelle Smile, etcétera. Eso tampoco es cierto. Quizás sea lo único cierto que te diga esta tarde. Luego que veas un conjunto Magdalena vas a ver. Risas. ¿Qué estudias? Letras, estoy en quinto. ¿Y vas a ser lingüista o poeta? Me gustaría dar clases… Me encanta Messi, ¿a quién le vas? También a Argentina; ¿te encanta?, seguro mide menos que tú. Lo amo. A ver, ¿qué harías si tuvieras a Messi enfrente aunque fuera dos segundos? Aplicaría la táctica 258. ¿Y cuál es esa, señorita Magdalena? Muy sencillo: cuando ves que todo está perdido con la persona que quieres, te gusta, amas o te atrae; cuando ya nada es humanamente posible y nunca será tuya, nunca nunca, en ese momento aplicas la táctica 258; te acercas sigilosamente, y en el mínimo instante en que se encuentre distraído o ida, le agarras una nalga y te echas a correr; puede que te odie, que nunca te vuelva a hablar, que te mande madrear, pero ya le agarraste una nalga. Risas, no esperaba eso.

Gracias, gordito de la playera. Gracias, Venus y cupidillos. Regresé a la pantalla y puse cara de idiota. Ya no sabía qué más decirle. Y ella sonrió de una forma… seguro en el inicio de los tiempos, la simia más hermosa sonrió de la misma manera, y fue tal la impresión, tan grande el destello, que los demás simios adquirieron súbitamente la capacidad de reflexión, y entonces evolucionó la especie. Yo vi esa sonrisa, no evolucioné a nada más inteligente, pero la vi.

Gol de Alemania. Mario Götze se lleva a la Selva Negra la gloria americana. Ella paga, me dice hasta luego, y se va. No le dije nada más, me quedé viendo y no le dije nunca otra palabra. ¿Por qué? Empezó a sonar la canción 99 Luftballons en inglés, 99 Red Balloons. ¿Cómo una canción de protesta podía tener una tonada tan idiota? La la-la la-la la-la…

Ése es el problema, que no entendía nada y todo me enojaba mucho. También que le pedía demasiado a la vida. El tonito alegre y medio idiota de 99 Luftballons nunca ha tenido nada que ver con lo que pasa en mi vida. No tiene nada que ver esa alegría de alemana guapa que le caga la política con ir en metro a las clases, comer tacos de guisado ni leer a Bonifaz Nuño. Nada 99 globos y poner nombres a salas, 99 globos y viajar en camión, 99 globos y ver a Magdalena irse y no volver, junto con esa lluvia y ese verano, y la Facultad, las clases, la juventud. Encontrarse casi igual de solo, un poco más viejo, y escuchar ese tonito idiota, sólo puedes pensar que sin duda es tu cara cuando la vida pasa de frente y no hace parada donde tú estás.

Al otro, a Enríquez, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por el DF y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel.