Mutante del mes: Kiltro Polaris

Don´t hate on the love – R de Ryokan

Un recorrido sentimental de la A a la Z y sus paréntesis

Texto por Edmeé García @diosaloca

Ilustración original del Sr. García @elsrgarcia

lunes 12 de mayo, 2014 a las 03:12 am  
lunes 12 de mayo, 2014 a las 03:12 am  

“El zen sin la experiencia física que lo acompaña

no es nada sino una discusión vacía”.

–Omori Sogen Rotaishi

 

El dominio de las convenciones y la adopción de un camino pre-establecido y socialmente aceptado puede resultar aprisionante e inadecuado cuando los verdaderos deseos del espíritu humano deciden dar rienda a suelta a su expresión individual. Paradójicamente, con frecuencia quienes logran inspirarnos y hacer grandes contribuciones sociales son aquellas personas que han salido de la norma establecida, de las reacciones esperadas y las ideas convencionales para dar vida a nuevas formas e ideales que permiten a la humanidad continuar en movimiento. Esto no es un fenómeno reciente y una muestra de ello es el monje Ryokan, quien a pesar de haber podido convertirse en el jefe de algún monasterio importante decidió llevar una vida nómada y pasar sus días encarnando los ideales de bondad, generosidad y ecuanimidad de su práctica zen hasta el final de su vida.

“…pasaba sus días visitando a los habitantes del pueblo vecino, practicando el arte de la caligrafía, escribiendo y recitando poesía, recogiendo flores en la primavera y jugando go con los adultos y escondidillas con los niños.”

Si uno, en otra vida quizá, a finales del siglo XVIII hubiera caminado por el monte Kugami en Japón, probablemente se habría encontrado con un pequeño monasterio de nombre Gogo-an. En su interior habría hallado los poquísimos objetos materiales de un monje llamado Ryokan a quien en primavera y verano habría sido fácil de encontrar en el pueblo vecino, bebiendo sake con los mayores o jugando con los niños. Su fecha exacta de nacimiento es desconocida (aunque se estima alrededor de 1758), pero los datos más significativos de su existencia en la tierra se han conservado hasta nuestros días como una enseñanza de vida.

Este monje nació bajo el nombre de Eizo en una villa llamada Izumozaki , localizada en la provincia de Echigo. Su padre era jefe del poblado y en la casa familiar reinaba un ambiente de fuertes inclinaciones literarias y religiosas, de tal manera que la infancia de quien posteriormente sería conocido como Ryokan transcurrió sin sobresaltos. Sin embargo, cuando cumplió 18 años comenzó su entrenamiento para sustituir a su padre en el puesto que tenía –el cual incluía lidiar con muchos conflictos y casos difíciles– y se presentó una crisis interior en su vida; la cual llevó al joven Eizo, que alguna vez había sido el alma de las fiestas de geishas, a recluirse de las celebraciones. Como resultado en 1777 se rapó y bajo el nombre de Ryokan ingresó al templo zen de la localidad.

“Nunca dio sermones ni predicó a nadie, pero siempre fue gentil y generoso con todo tipo de seres…”

Fue en dicho templo que a la edad de 22 años conoció al maestro Kokusen, que lo tomó como discípulo y durante los años siguientes Ryokan estudió caligrafía, poesía china y otras formas poéticas de la época como waka y renga, hasta volverse un maestro en todas ellas. En 1790 recibió un documento certificando su iluminación y tras la muerte de su maestro empezó una serie de peregrinajes hasta que finalmente se estableció en Gogo-an donde pasaba sus días visitando a los habitantes del pueblo vecino, practicando el arte de la caligrafía, escribiendo y recitando poesía, recogiendo flores en la primavera y jugando go con los adultos y escondidillas con los niños. Nunca dio sermones ni predicó a nadie, pero siempre fue gentil y generoso con todo tipo de seres: personas, plantas y animales que por igual encontraban refugio en su bondad reflejada en una perenne sonrisa. Ryokan era “un sermón viviente”[1].

Posteriormente, con sesenta y nueve años a sus espaldas, debido a una enfermedad, fue a vivir con su discípulo Kimura Motoemon y en su casa se encontró por primera vez con la monja Teishin, quien en ese entonces tenía 23 años; lo cual no impidió que el amor floreciera entre ellos. A partir de ese momento hasta la muerte de Ryokan, el 6 de enero de 1831, ambos pasaron días felices en su mutua compañía hablando de literatura y religión y escribiendo poemas. Teishin se dedicó a la memoria del trabajo de este inusual monje hasta su propia muerte en 1872.

 

Paréntesis:

(Fue el mismo Ryokan quien escribió:

“Mi choza se encuentra en medio de un denso bosque

cada año la verde hiedra crece más larga.

No hay noticias de los asuntos de los hombres

sólo la canción ocasional de algún leñador.

El sol brilla y yo remiendo mi túnica;

cuando la luna sale leo poemas budistas.

No tengo nada que reportar, mis amigos.

Si quieren encontrar el significado, dejen de perseguir tantas cosas”.

 

Parar para reconocernos puede parecer imposible o inadecuado en un mundo que nos motiva a seguir una actividad frenética aunque carente de sentido. Detenernos y vernos obligados a contactar con los verdaderos sentimientos y pensamientos que nos habitan puede resultar intimidante; pero como toda medicina, es absolutamente necesario tomarla, para mejorar.

Don’t hate on the love. )

 

[1] Ryokan, “One Robe, One Bowl. The Zen Poetry of Ryokan” Translated and introduced by John Stevens, Ed. Weatherhill, 1996 pg. 12.

Edmeé García a.k.a Diosaloca es un ser humano. Sus principales intereses radican en el desarrollo y exploración de la conciencia. Ha hecho spoken word, trabaja como escritora, traductora y locutora. Ha publicado un poemario (El Red Bitch Project) y hecho montajes de otros dos (Chilanga Habla y El Bombón Vudú).