Mutante del mes: Kiltro Polaris

Biología de Buró – La primera vez que Tomas Spencer actuó

Texto por Andrés Cota Hiriart @cotahiriart

miércoles 25 de febrero, 2015 a las 03:52 pm  
miércoles 25 de febrero, 2015 a las 03:52 pm  

Tomas Spencer, como tantos otros artistas contemporáneos suyos, llegó a Berlín con el nacimiento del siglo. Buscando, en las calles desgastadas y paredes llenas de graffiti, la contracultura, el desafío y el desenfreno creativo que ofrecía la nueva capital mundial del arte. Atraído por las posibilidades implícitas en una renta baja y tentado por la libertad social absoluta, abandonó Inglaterra a bordo de un avión en el que afirman que también viajaban Peter Brooks y Leonard Cohen, el 12 de marzo de 2001. Adecuarse al áspero lenguaje le tomó buena parte de su primer año en la ciudad germana. Pero, siendo un actor entrenado por la Royal Shakespeare Company, logró no solo dominar la gramática ajena, sino también el duro acento. Después de tres intentos fallidos de establecerse, terminó encontrando su hogar en el corazón de Kreuzberg. Donde se instaló, por módicos noventa euros al mes, en un destartalado departamento de ciento cuarenta metros cuadrados. Fueron las paredes de ese generoso espacio las que atestiguaron sus primeras frustraciones profesionales. Conseguir trabajo no era tan fácil como había pensado. No en lo que a él le interesaba y, en todo caso, era mal remunerado. La ciudad de las oportunidades artísticas era más mítica de lo que aparentaba, cuando menos para todo aquél que no fuera DJ.

El invierno mató la utopía para varios. Sin embargo, Tomas aguantó. Durante su segundo año berlinés, consiguió trabajo como acróbata en un espectáculo de cabaret que, aunque no le fascinaba, por lo menos le permitía estar cerca de los escenarios. Pero su labor era más la de un cómico equilibrista que la de una verdadero actor. Lo cual le deprimía. Después de las funciones apaciguaba su ansia de interpretación histriónica con alcohol. Olvidaba su desazón creativa y ahogaba la estupidez de su obligación laboral. El idiota show circense pasaba a segundo plano y se embebía por completo en la perpetua fiesta alemana. Fue en una de esas noches difusas que conoció al escritor Patrick Waltter. Famoso, entre otras cosas, por permanecer sobre la barra del local hasta que lo corrían. En aquella ocasión la necedad los terminó sentando lado a lado. Bebieron y discutieron, cambiaron la cerveza por whiskey, luego éste por jägermeister. Tomas encontró en las palabras de su interlocutor no sólo puntos en común, sino una historia similar a la suya. Patrick se había mudado a Londres años atrás, por exactamente las mismas razones que él lo hacía ahora a Berlín. Y, al igual que en su caso, la capital inglesa lo había colocado en una situación laboral poco gratificante. Por eso, y porque los escritores ingleses eran sus favoritos, Patrick se ofreció a ayudarle: le conseguiría un trabajo digno de sus capacidades.

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Patrick se reportó a los pocos días. No con la noticia de que saldaría su ofrecimiento, sino para invitar a Tomas a beber nuevamente. Llamadas del tipo se repitieron. En lo sucesivo el escritor se integró a la vida del actor como guía nocturno. Y, con el tiempo, se transformó en su mejor amigo.
El invierno siguiente fue atroz. No obstante, Tomas, apoyado por el trago y un nutrido grupo de excéntricos desadaptados, persistió refugiándose en bares. No fue hasta que la nieve comenzó a derretirse que su amigo cumplió su promesa. El actor principal de una obra de próximo estreno se había lesionado el tobillo y no podría dar función, por lo que la producción buscaba un suplente con urgencia. El texto era en inglés y el personaje cuadraba perfecto con la apariencia de Tomas. Así es que asistió al casting y tras una sufrida competencia obtuvo el papel. La obra, cuyo título era Monsters, estaba basada en el caso real del asesinato de James Bulger, un niño de dos años, a manos de Jon Venables y Robert Thomson, ambos de diez en el momento del crimen. Tomas interpretaba a uno de los jóvenes presos en los días previos a su liberación. La obra era buena, el sueldo espectacular y, lo más importante, contaba con una temporada larga en un teatro de renombre. Ante él estaba la oportunidad que tanto había ansiado.

El estreno se programó para el dos de mayo. La función de prensa y prueba de vestuario para el primero a las siete de la tarde. La noche anterior a ello, Patrick le marcó emocionado, lo invitaba al Mauerpark para presenciar la batalla campal de las vísperas del primero de mayo, evento que se había transformado en parte fundamental de la cultura berlinesa. Tomas tenía el papel dominado y pensó que un poco de distracción le podría venir bien, además no tenía que estar en el teatro hasta las cinco del día siguiente. Así es que asintió gustoso.

Se encontraron en la estación de metro de Eberswalder Strasse. Había mucha gente. El ambiente estaba cargado. Miles de rostros tensos, se predecía la tormenta. Abriéndose camino a codazos, lograron llegar hasta la cima de la loma que coronaba el parque. Desde allí contemplaron a la enfurecida masa humana revolverse sobre sí misma. De un lado los nacionalistas pro-nazis, del otro, todos los demás. Desde lo alto el frenesí recordaba a un activo hormiguero. Entre gritos, música lejana y petardos, bebieron y fumaron. Abajo las calles se nutrían rápidamente con nuevos adeptos. Volaban botellas, insultos y pancartas. La tensión aumentó. En algún lugar a la derecha algo comenzó a arder en llamas. Inmediatamente después, algo a la izquierda. Eran autos. Se desató una reacción en cadena y la calle se llenó de fuego. El hormiguero comenzó a hervir. El ambiente se intensificó. Ahora volaban televisiones y pedazos de banqueta. El sonido de vidrios rotos una constante. Un reportero fue el primero en dar la voz de alarma: ¡a lo lejos llegaban los granaderos! Iluminados desde el cielo por helicópteros, numerosos camiones franquearon el parque por el este. La policía montada lo hizo por el oeste. La gran masa humana se desmembró en pequeños manchones y comenzó la guerra. Absorto por la brutal película que se desenvolvía ante sus ojos, Tomas no reparó en que la confrontación sucedía cada vez más cerca de donde se encontraba parado. Un fuerte empujón lo trajo de vuelta a la realidad, Patrick lo acababa de salvar de una tabla que se hizo añicos a sus pies. Comprobó con angustia que estaban completamente rodeados por caos. Corrieron montaña abajo. Se encontraron con tanquetas que, expulsando potentes chorros de agua, derrumbaban a la gente. Corrieron hacia el lado opuesto, los rociaron con gas lacrimógeno. La situación se había salido completamente de control.

Desde la esquina de una pequeña calle alguien les gritó que por ahí había vía libre. Corrieron con todas sus fuerzas en esa dirección. Alcanzaron el callejón. Estaba tranquilo. Recuperaron el aliento. Caminaron un par de cuadras vacías. Tomas pensó en su función del día siguiente, había estado muy cerca de perdérsela. Se alegró de haber salido airoso. Suspiraron y emprendieron el camino de regreso hacia el metro. Ignoraban que estaban en el ojo del huracán.

Los gritos los alcanzaron nuevamente. La calle se sacudió. Varias botellas se estrellaron contra la pared y de la nada surgió un caudaloso río humano que los devoró. Estaban atrapados en la mitad de la guerra callejera. Volaban piedras y bombas casera. Los coches ardían y la gente corría en estampida frenética. Punks, rastas y hooligans se enfrenaban a puños contra los escudos y las macanas de los granaderos. Tomas vio con terror cómo sometían a la mayoría con golpes hasta dejarlos inconscientes. Sus cuerpos inertes y ensangrentados tumbados por el piso.

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Con muchas dificultades lograron llegar a un nuevo callejón. Lo atravesaron. Se encontraron un auto deportivo completamente destrozado. Se trataba de un Porsche. La imagen le pareció interesante a Tomas. Contempló el contorno despedazado por unos segundos pensando cómo sería que se había salvado de las llamas, cuando sintió cómo lo derribaban por la espalda. Abrazado por su interceptor se proyectó por los aires. Cayó duro contra el suelo, perdió sus gafas. Sintió una rodilla clavándose en su columna vertebral, lo inmovilizaron con un duro castigo y el rostro contra el pavimento. Veía borroso. Otros policías llegaron, lo esposaron. Lo levantaron y a empujones lo condujeron hacia un camión. Patrick había desaparecido.

Un oficial lo abofeteó diciéndole que no se iba a salvar. Que lo habían atrapado y que se pudriría en la cárcel. Sollozando gritó que él no había hecho nada, que se habían equivocado. Pero era inútil, lo encerraron en la parte trasera del camión. La efervescente muchedumbre poco a poco fue controlada. Abrieron la puerta y en hombros metieron a otro joven. Sangraba por la nariz. Estaba esposado de pies y manos y llevaba los ojos vendados. Le dijeron que no le hablara. Obedeció. Después de un tiempo indefinido, el camión arrancó.

El trayecto fue largo. Imposible determinar a dónde se dirigían, no había ventanas. Se estacionaron en el patio de un gran edificio de hormigón y lo bajaron con rudeza. Fue conducido por varios corredores y escaleras hasta una celda. Le quitaron sus pertenencias. Tomaron sus huellas dactilares y le exigieron una muestra de orina. Lo encerraron sin decirle nada. Pidió hacer una llamada, se lo negaron. Pidió agua, le dieron un vaso con un líquido rojo amargo. Pidió que se le dijera de qué lo acusaban, lo dejaron solo.

El silencio era absoluto. El espacio vacío le provocaba ansiedad. La celda tenía una cama de metal empotrada a la pared, un excusado, un lavabo y una estrecha ventana por la cual se veía que el día comenzaba a clarear. Maldijo su suerte. Su sueño se estaba desmoronando entre sus manos. Nunca había estado dentro de una cárcel, y mucho menos preso. Se enojó consigo mismo. Golpeó la pared. El coraje se transformó en desespero. Estaba encerrado y al parecer era grave. Pensó que no tenía un abogado. Estaba abatido.

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Un oficial lo despertó para tomar su declaración. Tomas contó lo que había sucedido. Dijo que era actor y que en unas horas tenía una función importante. Insistió en que se le tenía que permitir realizar una llamada. El policía le contestó que eso sucedía solamente si era procesado y se marchó. La noticia de que todavía no era procesado lo alegró un poco.

No tenía la menor idea de dónde estaba, por la estrecha ventana no se podía ver nada más que el cielo. Notó decepcionado que el sol rebasaba la línea de medio día. Se puso de pie y caminó por la celda. Estaba entumido. No pudo evitar sonreír amargamente por la gran coincidencia entre la realidad y la ficción. Al igual que su personaje, él se encontraba preso. Imaginó la función. Se llenó de tristeza. Lo más probable era que nunca sucediera. Lloró.

Otro policía se presentó a tomarle nuevamente su declaración. Tomas repitió su historia. Se concentró en que fuera exactamente como la había narrado antes. Sabía que en no contradecirse radicaba su única esperanza. Preguntó la hora: eran las dos de la tarde.

Las paredes que lo rodeaban comenzaban a perturbarlo. Se preguntó si alguien en el mundo exterior estaría al tanto de su paradero. ¿Sabría Patrick sobre su situación? ¿Habría avisado a los de la obra? No podría averiguarlo hasta que le permitieran hacer una llamada. La paradoja era que, si se lo permitían, significaba que estaba perdido.

Se entretuvo un rato repasando sus diálogos. Aunque sabía que quizás serían inútiles, el comprobar que los recordaba, le producía satisfacción. Cuando se aburrió contó los tabiques de su encierro. Iba en el número doscientos cuando fue sorprendido por el oficial: el capitán de distrito quería verlo. Atravesaron un laberinto de corredores y varias puertas de metal. Llegaron a una oficina gris. El capitán lo recibió con sonrisa intimidatoria. Lo interrogó sobre la obra. Pidió el nombre del director, de los otros actores, de la maquilladora y del operador de luces. Luego le preguntó sobre su personaje. Al escuchar la respuesta recalcó la similitud sarcásticamente, parecía disfrutar de que Tomas estuviera en aquella situación. Lo despidió diciéndole que a nadie le importaba el teatro, que se despabilara de una buena vez y que mejor pensara en el juicio que se avecinaba. Lo regresaron a su celda. La luz del cielo comenzaba a ser amarillenta. Tomas se resignó, comenzó a preocuparse más por su libertad que por la obra. Sintió un vacío en el estómago cuando reparó en que quizás pasaría un tiempo largo tras aquellas barras.

Estaba por quedarse dormido nuevamente cuando el oficial abrió la puerta. Le indicó que era libre y que se podía marchar. Tomas lo miró perplejo. El policía le dijo que si se apresuraba todavía podía llegar a su función. Al parecer el capitán había hablado con el director de la obra y esperaban a Tomas hacía más de media hora. Sin saber bien por qué le dio las gracias. Salió a la calle. La gran torre de control abandonada le hizo saber que estaba en el aeropuerto de Tempelhof. Se llenó de gusto, el teatro no quedaba lejos. Abordó un taxi y le dijo que tenía prisa.

Llegó al teatro quince minutos antes de que el telón se levantara. Salió al escenario y dio quizás la mejor función de su vida. Siempre le había costado trabajo llorar en escena, en esa ocasión lo hizo a mares. Ahora comprendía lo que significaba la libertad y lo horrible que era perderla. Su primera actuación lo llevó al estrellato, la obra fue un éxito rotundo. La crítica lo ovacionó y su carrera despegó de manera trepidante. Sin embargo, el que lo dejaran en libertad no implicó que se salvara de ir a juicio, tuvo que visitar seis veces el juzgado y gastar más de dos mil euros en abogados para obtener su decreto de inocencia.

Yo lo conocí en el verano del 2012 en Stuttgart, Alemania. Durante el rodaje de la película de Reynold Reynold’s: The Lost. En la cual interpreta a un escritor recién llegado al Berlín de los años treinta, dentro de una ficción que incluye vampiros, nazis, mujeres y un cabaret llamado Troika, pero ésa es otra historia.

Imágenes de la instalación de The Lost en el MUAC el año pasado, Tomas es el protagonista:

Andrés Cota Hiriart es un biólogo desertor que, tras un breve y no muy satisfactorio paso por el cine, aterrizó en las letras. Actualmente colabora activamente en múltiples medios y es editor del Ideógrafo. Su abuela era esquizofrénica, su tío albino y su abuelo agnóstico. Aquí tienen su Vimeo. Síganlo por Instagram en @lafiera.