Mutante del mes: Kiltro Polaris

No puedo ni quiero

Cuentos de Can’t and Won’t por Lydia Davis

Traducción de Herson Barona @viajerovertical

Ilustraciones por Kiltro Polaris

jueves 16 de abril, 2015 a las 02:23 am  
jueves 16 de abril, 2015 a las 02:23 am  

El pelo del perro

El perro se ha ido. Lo extrañamos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando llegamos tarde, nadie nos espera. Todavía encontramos sus pelos blancos, por aquí y por allá, en la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es todo lo que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos una esperanza salvaje —si recogemos los suficientes, seremos capaces de reconstruir al perro.

Despierta en la noche

No puedo irme a dormir en este cuarto de hotel en esta ciudad extraña. Es muy tarde, las dos de la mañana, luego las tres, luego las cuatro. Estoy acostada en la oscuridad. ¿Cuál es el problema? Ah, tal vez lo extraño: la persona junto a la que duermo. Luego escucho una puerta cerrarse cerca de aquí. Otro huésped ha llegado, tan tarde. Ahora tengo la respuesta. Iré a su cuarto y me meteré a la cama junto a él, y así tal vez pueda dormir.

sueño

Bloomington

Ahora que he estado aquí por algún tiempo, puedo decir con certeza que nunca antes había estado aquí.

Una historia que me contó una amiga

El otro día una amiga mía me contó una historia triste acerca de un vecino suyo. Él había iniciado una correspondencia con un extraño a través de un servicio de citas en línea. El extraño vivía a cientos de kilómetros de distancia, en Carolina del Norte. Los dos hombres intercambiaron mensajes y luego fotos y pronto ya estaban teniendo largas conversaciones, primero por escrito y después por teléfono. Descubrieron que tenían muchos intereses en común, eran emocional e intelectualmente compatibles, se sentían cómodos el uno con el otro y atraídos físicamente, según lo que veían en internet. Sus intereses profesionales también estaban cercanos, siendo el vecino de mi amiga un contador y su nuevo amigo en el sur un profesor asistente de economía en una pequeña universidad. Después de algunos meses, parecían ir bien y estar verdaderamente enamorados, y el vecino de mi amiga estaba convencido de que «éste era el bueno», según sus propias palabras. Cuando llegaron las vacaciones, se las arregló para volar hacia el sur por unos días y conocer a su amor de internet.

Durante el día de viaje, llamó a su amigo dos o tres veces y hablaron. Después le sorprendió que no le contestara. Y que no estuviera en el aeropuerto para conocerlo. Tras esperar y llamar varias veces más, el vecino de mi amiga dejó el aeropuerto y fue a la dirección que su amigo le había dado. Nadie contestó cuando tocó la puerta y el timbre. Todas las posibilidades pasaron por su cabeza.

Aquí faltan algunas partes de la historia, pero mi amiga me dijo que su vecino se enteró de que ese mismo día, mientras él iba camino al sur, su amigo de internet había muerto de un infarto mientras hablaba por teléfono con su doctor; el viajero, después de enterarse de esto a través del vecino del hombre o de la policía, se dirigió a la morgue local; le habían permitido ver a su amigo de internet, y ahí estaba, cara a cara con un hombre muerto, la primera vez que le ponía los ojos encima a quien, estaba convencido, debía haber sido su compañero de por vida.

Dos enterradores

Un enterrador, que lleva un cuerpo hacia el norte por la carretera, en Francia, se detiene en un restaurante a la orilla del camino para comer algo. Ahí se encuentra con otro enterrador, un colega conocido, que también se detuvo a comer algo y que lleva un cuerpo hacia el sur. Deciden sentarse en la misma mesa y comer juntos.

Este encuentro entre dos profesionales es presenciado por Roland Barthes. Es su propia madre difunta la que es llevada al sur. Él observa desde otra mesa, donde está sentado con su hermana. Su madre, por supuesto, está afuera, en la carroza fúnebre.

Una mujer, de treinta

Una mujer, de treinta, no quiere dejar su casa de la infancia.

¿Por qué debería irme de casa? Éstos son mis padres. Me aman. ¿Por qué debería ir a casarme con algún hombre que va a discutir conmigo y a gritarme?

Aun así, a la mujer le gusta desvestirse frente a la ventana. Desea que un hombre al menos la vea.

Cómo sé qué me gusta

(seis versiones)

A ella le gusta. Ella es como yo. Por lo tanto, podría gustarme.

Ella es como yo. A ella le gustan las cosas que me gustan. A ella le gusta esto. Así que podría gustarme.

Me gusta. Se lo muestro a ella. A ella le gusta. Ella es como yo. Por lo tanto, realmente podría gustarme.

Creo que me gusta. Se lo muestro a ella. A ella le gusta. Ella es como yo. Por lo tanto, realmente podría gustarme.

Creo que me gusta. Se lo muestro a ella. (Ella es como yo. A ella le gustan las cosas que me gustan.) A ella le gusta. Así que realmente podría gustarme.

Me gusta. Se lo muestro a ella. A ella le gusta. (Ella dice que el otro es «simplemente horrible».) Ella es como yo. A ella le gustan las cosas que me gustan. Así que realmente podría gustarme.

Ödön von Horváth salió a caminar

En una ocasión Ödön von Horváth estaba caminando en los Alpes Bávaros cuando descubrió, a cierta distancia del sendero, el esqueleto de un hombre. El hombre había sido, evidentemente, un senderista, ya que aún llevaba una mochila. Von Horváth abrió la mochila, que se veía casi nueva. En ella, encontró un suéter y otras prendas; una pequeña bolsa con lo que alguna vez había sido comida; un diario; y una postal con una foto de los Alpes Bávaros, lista para enviar, que decía «Pasándola de maravilla».

La novela mala

Esta novela aburrida y complicada que traje conmigo de viaje —sigo tratando de leerla—. He regresado a ella tantas veces, con temor cada vez y cada vez sin encontrarla mejor que la anterior, que a estas alturas se ha convertido en algo parecido a una vieja amiga. Mi vieja amiga la novela mala.

Escritura

La vida es muy seria para mí como para dedicarme a la escritura. La vida solía ser más fácil, y en ocasiones placentera, y entonces la escritura era placentera, aunque también parecía seria. Ahora la vida no es fácil, se ha puesto muy seria y, en comparación, escribir parece un poco tonto. A menudo la escritura no es acerca de cosas reales, y entonces, cuando es acerca de cosas reales, a menudo está al mismo tiempo ocupando el lugar de algunas cosas reales. La escritura es con demasiada frecuencia acerca de personas que no pueden arreglárselas. Ahora me he convertido en una de esas personas. Soy una de esas personas. Lo que debería hacer, en lugar de escribir acerca de personas que no pueden arreglárselas, es renunciar a la escritura y aprender a arreglármelas. Y prestar más atención a la vida. La única manera de volverme más inteligente es dejando de escribir. Hay otras cosas que debería estar haciendo en lugar de escribir.

Herson Barona (Ciudad de México, 1986) fue una joven promesa rota, porque ya ni siquiera es joven y ha dejado de prometer —aunque sigue estando roto.