Mutante del mes: Kiltro Polaris

Vidas y muertes de Eva

1. Oír el canto de las sirenas

Texto por David Enríquez @DavidMigala

Ilustración por Fernando Victoria @moszart

sábado 14 de febrero, 2015 a las 06:23 pm  
sábado 14 de febrero, 2015 a las 06:23 pm  

I

—Temo que tendré que sacarme los ojos para terminar de contar esta historia —dijo Eva. Cuan larga fue su frase, larga era la cresta de langostas, como un granulado a lo lejos que viene tomando forma. Cerró un ojo y abrió mucho el otro para ver de frente y en macro la órbita saltona de una de ellas; sus antenas en la cara, las escamas de la coraza. La alzó con sus blancas manos de entre las cinco o seis langostas que ya hacían el intento de subir por sus pantalones de mezclilla y pateó a una que se hundió en el lago.

No descubrió nada además de lo que ya sabía: Son palinuras y son un chingo. Prefirió pensar, descubrir la raíz del problema, en vez de echarse a correr. ¿Cómo que palinuras? Sólo a mí me interesan esas cosas; Palinuridae, es el género de las langostas que no tiene tenazas; tal vez por Palinuro, el capitán de la nave de Eneas, quien anduvo por las mismas aguas del Mediterráneo. Son las que se comen los marineros portugueses en fogatas cuando salen al océano, y las que atrapan los barcos alemanes por millones con sus redes.

Se sentó en una piedra junto al enorme lago, más tranquila, pensando en un pescador de Sorolla; miraba salir a los animales de las aguas verdosas del lago, emergentes de la tierra negra, con sus patas manchadas, escurriendo. Mejor se paró para que no se le subieran y poder ver la mancha roja bajo la superficie del agua, tan grande como una Italia en el mar.

Giró la vista: la ciudad se dejaba ver en sus primeros rascacielos detrás de ese bosque escondido. Se amarró el pelo sobre la cabeza en una especie de bola de queso rubio y empezó a quitarse la ropa para nadar. No tengas miedo, es el destino, dijo. Qué inusual que te quedes callada. Acaba de pasar un ángel. Pero la angustia casi la hace vomitar; se imaginó como la mujer de los Ángeles sobre Berlín, creyéndose rodeada de otros ángeles que querían saber cómo era estar vivo y recordó la bonita frase de cuando uno de esos ángeles deja de ser etéreo y adquiere emociones y hacen el amor: Esta noche sé aquello que ningún ángel sabe. Se preparó para nadar como ninguna Eva había nadado y entre toda su madeja de pensamientos sólo se escuchó un resoplido junto con el viento de entre los árboles y las langostas subiendo una sobre otra, claqueando espalda con espalda y las gotas de agua.

Cerró los ojos y quiso vomitar de nuevo. Empezaba el día. Una niebla fresca subía de los cerros y del bosque. Tuvo miedo; resopló. Ya sólo estaba su brasier negro y su calzón igual, su demás ropa en la tierra bajo un ahuehuete; tocaba con la punta de sus dedos lo frío del agua y lo rojo de una palinura preparándose para nadar, se estiró y dio el primer paso.

II

En la pared de una casa, Dida vio su retrato; más que un retrato, una mala foto tomada de su Facebook en un cartel de “se busca”: sus ojos bien abiertos, su mentón milagrosamente rasurado, la sonrisa; estatura: 1.70; se le vio por última vez en San Juan Acayaco; cualquier información será recompensada; marque por favor. Miró su ropa, otra de la foto, un traje militar, rota, sin bañarse de una semana que llevaba caminando, y los pelos como perro de la calle de tan grasientos, ¿quién lo iba a reconocer en este lugar? No sabía ni dónde estaba.

¿Por qué llora? Por el mundo, respondió. Y no había visto quién preguntaba hasta que se limpió los ojos. Una niña, jovencita, a lo mucho de quince años; la había visto antes, eso seguro. ¿Cómo que por el mundo? ¿Está usted bien? ¿Necesita algo? No se preocupe, no me pasó nada. Sólo necesito un lugar para bañarme y descansar y luego volver a mi casa. Límpiese, ándele; yo le ayudo, venga, por esa calle no. ¿Por qué me ayuda? Se limpiaba los mocos con su gabardina. No lo entendería…

La casa tenía dos pisos; en un patio, tres muchachas colocaban sillas contra la pared, dos hombres de camisas de cuadros a manga corta parecían arreglar una bocina colgada y otros dos un letrero de “Felicidades, Flor más bella 2015”. Detrás se apilaban un montón de mesas y todo el tiempo pasaron personas frente a ellos con platos, niños y cajas. ¿Dónde está mi apá? Venga por aquí. ¿Quién es ése? Es que hay que ayudarlo. Se juntaron dos tías. No estés inventando. Es que es mi deber. Mis nalgas, ahorita le hablo a tu padre para que te saque con todo y teporocho. Venga por acá. Y las tías fueron al garaje por una cazuela donde podían cocinar al mismo Dida de tan grande. Cruzaron el patio y llegaron a la sala principal; en medio, frente a la tele de plasma hablaba por celular el padre. A ver, permítame. ¿Quién es éste? Sácalo de una vez. Se caló el sombrero y siguió hablando. No, apá, hay que ayudarlo; vive lejos y había un letrero suyo, además, es mi deber. Tapó el teléfono con una mano: Te doy tres para que se vayan, y siguió hablando. Pero quisieron los dioses que nadie les hiciera caso, y se lo llevó casi hasta el fondo de la casa, donde le ladraron dos perros con manchas de vaca, y le dijo: báñese ahí, debajo de la repisa están las toallas. Muchas gracias, dijo Dida, y casi se tira a sus rodillas llorando. Ahorita le traigo una muda a ver si mi hermano me presta.

Cuando salió, limpio y cambiado, no fue de mal ver para la Flor más bella, quien le dijo quédese para la fiesta, va a estar bueno. Sonrió, era unos 20 centímetros más baja que Dida y se había puesto una falda muy entallada, medias negras y una blusa igual de oscura. Le sorprendieron los tacones, con dibujos florales. Ya empezaba a caer la noche y a llegar gente. Dida siguió a la Flor más bella hasta uno de los asientos, ahora con sendas mesas enfrente y ahí se quedó.

Primero llegaron los del Frente Francisco Villa y ocuparon el asiento designado junto a las bocinas más grandes; luego, la Asociación Los Ángeles, que se sentó a su izquierda y doblaba en número a los Frentistas, treinta a quince; entraron después los de la Jorge Negrete, iguales en número y forma a los de Los Ángeles: estrictos pantalones negros o blancos en los jóvenes y lentes oscuros aunque no hubiera ya luz solar, y peinados brillantes, toda esa ropa incluso en los bebés de brazos, que tenían lentecitos oscuros miniatura, que eran muchos, y de madres muy jóvenes; finalmente casi llenaron el lugar los de Cuauhtepec, quienes arribaron en camiones verdes de luces neón internas y música tan fuerte como la que ya sonaba dentro. Los demás lugares, la otra mitad del patio, era para invitados de donde fuera, y poco a poco se ocuparon entre familias, carriolas y ancianos.

La noche se calentó con tanta gente dentro de la casa, y hacían juego con las solemnes vestimentas de los jóvenes, las brillantes, de las mujeres maduras, y los adornos en paredes y mesas. Llamó al micrófono el padre de la Flor más bella, quien agradeció a todos la visita y llenó de halagos a su hija. Mandó traer de la cocina las cazuelas. Platos de cerdo, carnero y res se comieron ahí, junto con frías cervezas nacionales. Dida sació su hambre de tantos días y vio comer a los demás. En su plato, las mujeres, versiones regordetas y felices de la Flor más bella, le servían sobre dos tortillas una ración de arroz, y le daban cerveza. A pesar de esto, Dida no sonreía como todos y apenas pudo terminar su comida casi al final para probar el pastel.

El padre de la Flor más bella tomó el micrófono y pidió que tocaran música, y los asistentes bailaron primero entre ellos y luego con los de otros lugares. Bebieron y comieron más aquellos que quisieron; otros, fumaban desde sus asientos. Siguió la noche y el padre, interrumpiendo la música mediante un sistema paralelo de voz y audio, mandó sacar de la casa algunas cajas de licores. Las mujeres y los hijos sirvieron tequila 100 AÑOS y brandy LAS TORRES y llevaban bandejas con hielos y limones perlados de agua. Dida apenas pudo disfrutar la bebida; y cuando vio a todos bailar, no pudo contener sus lágrimas.

Después de un rato, La flor más bella, conminada por su padre, subió a la tarima a agradecer a todos sus invitados, a quienes elogió por su conducta y aprecio. Luego habló de nuevo el padre y dijo que tenía regalos para todos: les obsequió hermosos servilleteros de motivos angélicos y vasos de vidrio con un retrato de su hija marcado y el año y el día de esa fiesta. Dida veía muy atento y bebió otro vaso de brandy, sin embargo, al sentir tanta felicidad y a esa muchachita de cabellos claros y mínima estatura, no podía contener sus gemidos y llanto. Lo vio el padre y con tristeza, libó de su licor, vio a su hija y volteó de nuevo a Dida. ¿Qué le pasa, amigo? ¿Por qué llora? Diga unas palabras a mi hija y cuéntenos quién es. La gente aplaudió y silbó con fuerza; una tía llevó el micrófono hacia Dida por en medio de las mesas; los de Cuauhtepec, junto a Dida, fueron los últimos en dejar de aplaudir, Dida tomó el micrófono entre lágrimas. Ya cuando bajaron los silbidos, descendió el tono principal de la cumbia a un leve punzar del teclado y todos estaban atentos, se alzó, símil a un actor de novela, y dijo:

“Padre de la adorada Flor más bella, admirado
entre los hombres, es hermoso oír una cumbia
como la de este grupo, semejante a los Askis,
pues, por mi parte, afirmo que no hay mejor final que
cuando, todos contentos, se solazan bailando
y las mesas rebozan de carne y tortillas,
y saliendo de casa parientes con licores
nos lo traen a la mesa y lo sirven con hielos.
Esto, para mi mente, suena cosa bellísima.”

Bebió hasta el final de su vaso y continuó, mientras, atónita, le rellenaba la madre de la Flor:

“Tú me invitas ahora que te cuente mis penas,
y sí, voy a llorar más; dime, ¿por dónde empiezo?
Primero, me presento, para que ustedes sepan,
ahora que en su fiesta, muy lejos de mi casa
soy invitado suyo en estos días funestos.
Llámenme Dida, huérfano. Por mil y un desmanes
me conoce la gente y hasta salgo en la tele.
Soy de Acayaco, el monte, en donde el meteorito.
El lago Xochimilca ondea en torno suyo.
Yo, en absoluto, veo ningún pueblo más dulce.
Allá pretendo irme desde que herí a La Tuta,
narco líder del cártel “Los Templarios”, al Sur,
y desde que la jefa de la plaza me quiso
hacer su esposo, y cruel, me retuvo drogado.
¡Mira! Voy a contarte mi fama y mi camino
en la semana última que he recorrido.

III

Las langostas, para entonces, ya aparecían por decenas en las azoteas y salían de las tazas del baño de las casas; en las calles de repente los autos no podían avanzar, pitaban pero de una coladera se desbordaron langostas sin tenaza y había tantas enfrente… muchas fachadas de edificios se tiñeron de rojo con la costra de animales; vibraban ante la luz del sol y su movimiento.

A las orillas, dentro del lago, Eva dejó de nadar un momento. Se tomó las rodillas con las manos para flotar como un barril. Su cuerpo se fue con fuerza de frente. Abrió los ojos como pudo unos segundos y empezó a bucear. ¿Lo escuchas? Es el canto de las sirenas. ¿Y qué dicen? No alcanzo a entender, debo ir más abajo, un poco más lejos aún. La orilla del lago se ve delgada como una uña de frente porque está tan lejos… Miró Eva hacia atrás y escurrió el agua de sus ojos. El sol se reflejó justo encima de su cabeza; era mediodía. Se echó hacia atrás, cuerpo muerto, para pensar. Lo primero que se le ocurrió fue la pobre Ofelia con sus senos tal suaves iglesias flotantes. Venecia, que seguro huele igual o peor que esta laguna Xochimilca. Y el canto de las sirenas llegaba a sus oídos con la misma levedad que los carros que andan todo el tiempo por la ciudad y uno ya no percibe a menos que se concentre.

Las sirenas saben la respuesta. De eso no hay duda. Una langosta empezó a hacerle cosquillas en la espalda y Eva giró para apartarla de un manazo. Y había que bajar a oír esa respuesta. Dida sabrá qué hacer. Y si no, ya en otra vida lo madreo.

Adiós, ciudad, con tus muertos que callan, dijo, tus banquetas sobre toda la vida, tu lago apestoso de quinientos años, yelmo y penacho, jacal y palacio; la ubérrima urbe que se calla con la mutilación de la metralla metafísica, posmoderna metralla de tu bolsa de papas, de tu chito con valentina, de tu algodón de azúcar, de tu lata de cocacola, tu sushi desabrido, tu restaurante argentino y tu salón de quince años. Tu metralla metafísica de hoyos en cada ventana, en cada jacaranda cursi sembrada para la selfi, tu balazo de muerte, tu ráfaga de manifestaciones risueñas, tu alegre solidaridad de imbéciles, tu cargador, tu albañil, tu oficinista, tu ejecutivo, su secretaria, tus putas, tus maricones, tus panaderos, tus azafatas, tus artesanos, tus zapateros, tus ingenieros, tus estudiantes, tus escritores, tus pintores, tus policías, tus políticos, tus perros, tus gatos, de la Guerrero a la Copilco, de la Santo Domingo a la Lindavista, de Indios Verdes a la Raza, de Poli a Pantitlán, de a tres por cinco, de a dos por uno, de a ver a quioras y a ver si aflojas y a ver gotas caer y a ver ganar a México; por la libre, por la federal, por Madero, por Gante, por Bolívar, por Motolinía, por Isabel la Católica, por la Palma y por Brasil, qué bonita gente qué bonita nación. Pensó Eva.

En fin, adiós a tus peor es nada y a tus me la pelas, a tus chiles pasuanos y a tus rones polanos; a tus aguas locas y tus vinos fresas; a tus diez de adobo y a tu crème brulee. Adiós, te voy a extrañar mucho, fuiste la mejor a tu modo. Te quiero. Y Eva se limpió las lágrimas y alzó la mano y quiso tomar la mano que se reflejaba, pero una langosta ya se había puesto ahí, y fue entonces que decidió sumergirse para oír a las sirenas.

IV

Dida, casi ebrio, terminó de contar su historia en la fiesta, que era menos gloriosa en realidad, pero funcionó. No había herido a ningún narco, ni nadie intentó desposarlo. Además, para él en absoluto era hilarante el ambiente carnavalesco de la fiesta, ni la música tropical ni las bebidas. Logró que al día siguiente le dieran un desayuno y un aventón en los camiones de Cuauhtepec para que de ahí con algunos pesos reunidos entre todos se comprara un boleto de autobús.

Cuando llegó a la terminal de Acayaco, corrió por calles llenas de bolsas de basura y puestos de tacos hasta una avenida más grande. Había cientos de automóviles detenidos, sin toldo algunos, encimados otros. Personas andaban por todos lados intentando apagar el fuego.

Dida se detuvo a ver: los edificios como corroídos por años de polvo y viento; los árboles sin hojas y mucha gente fuera, agrupados, en tiendas médicas o rascando debajo de los edificios. ¡Eva!, gritó, porque era una broma que lo empezaba a poner nervioso, o quizás porque otros hacían lo mismo con otros nombres. ¡Martha, Saúl, Lucía! Y tanto llanto y columnas de humo, incendios en dirección de casa de Eva. Dida pudo observar varias líneas de humo hacia allá y caminó tan aprisa como pudo.

Salvó algunos altos metiéndose entre los vehículos. Bajo sus pies crujían patas rojas, antenas rojas. Chingar, ¿dónde estás? Y pensó en un helicóptero transportando a Eva hacia un hospital, y todo lo que le diría; la dulzura de sus ojos, cómo la abrazaría entonces.

Sobre su cabeza se situó la luz solar del mediodía, entonces supo que debía ir al lago. Una barrera de gente, tan gruesa como un autobús, y larga como una manzana entera de la urbe, miraba un supermercado consumirse por las flamas. Dicen que murieron muchas personas, le soltó en la cara un muchacho flaco y moreno con una camisa de rayas rosas sin planchar.

Dida los rodeó en la carrera. Oficiales de tránsito vestidos de amarillo fluorescente intentaban abrir paso a una pipa de agua. Las sirenas de una ambulancia, una patrulla y un camión de bomberos se juntaron. Sirenas, sirenas. El sol, plomizo, bañaba su frente y su nariz de sudor. Cruzó muchas avenidas; vio pilares en el suelo, edificios a medias, montes de patas de langosta barridos. Detrás de su colonia encontró una bicicleta y pedaleó tan rápido como pudo, algunas calles en sentido contrario y otras sobre la banqueta hasta poder oír el agua, el claqueo de las últimas langostas en volver, y pensó en el alma de Eva.

Dejó caer la bici a un lado y respiró en cuclillas. Gritó su nombre. Vio el borde de la tierra, una roca, el cielo azul y una nube casi pintada de tan enorme e inmóvil al horizonte. El agua se movía lentamente en las capas más ligeras sobre la tierra. Encontró junto a una roca el vestido blanco de Eva con una langosta roja encima y las rodillas no se movieron más. No cayó, ni se detuvo; ahora las pantorrillas temblaban, frías, y el corazón, con ellas. Pasó saliva y se inclinó para quitar de los huesos a las langostas. Como ratas roían la carne del cráneo de Eva, y Dida aventó algunas con mucha fuerza de regreso al lago.

Al otro, a Enríquez, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por el DF y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel.