Mutante del mes: Kiltro Polaris

Volverse un fenómeno natural – Entrevista a Federico Aguiar

Entrevista por Ana Mata @tatatactictac

Ilustraciones por Federico Aguiar

Miércoles 29 de Octubre, 2014 a las 03:24 am  
Miércoles 29 de Octubre, 2014 a las 03:24 am  

Hay un momento en que la pintura se vuelve un movimiento que se sigue a sí mismo. Ahí es cuando a mí me gusta más, cuando la pintura se engendra a sí misma en la sucesión de los gestos. Eso es lo que quería hacer y es lo que seguí haciendo: buscando esa sucesión que se sigue a sí misma y que se construye a sí misma.

… antes era una bodega y estaba llena de años y años de basura. Me tardé dos meses en limpiar. Meses en que saqué la basura, clasifiqué todo tipo de cosas, saqué colibries muertos, cráneos que había de algunos animales y limpié muchísima mugre.

Caminamos hasta adentrarnos en un paisaje tupido y salvaje en plena Ciudad de México. Los árboles van cerrando el camino por arriba y el pasto por abajo. De una pared volcánica que circunda el lugar cuelgan floripondios. Sentimos cómo poco a poco las hierbas sujetan nuestros tobillos. Caminamos aunque se vuelve difícil. Yo no tenía pensado hacer una excursión, lo confieso. Pero sigo porque quiero ver el taller de Federico Aguiar.

Forma en las nubes(1)

… antes era una bodega y estaba llena de años y años de basura. Me tardé dos meses en limpiar. Meses en que saqué la basura, clasifiqué todo tipo de cosas, saqué colibries muertos, cráneos que había de algunos animales y limpié muchísima mugre. Pinté las paredes y pinté el techo. Después estuve listo para empezar. Estuvo buenísimo porque todo fue un ejercicio preliminar de la pintura. Entender la circulación en el espacio, el juego de las gravedades de las cosas. El peso que una cosa tiene en el espacio y cómo se relaciona ese peso con los otros pesos. Eso fue generando la circulación del arreglo.

Una construcción apareció de pronto. El antiguo taller de cerámica, dijo Federico. Bajamos escalando por las piedras negras que llegaban hasta ahí. Comprobamos que aún habían macetas, platos y figuritas abandonadas al tiempo. Dentro de cada cuenco vivía una familia de bichos. El lugar no tenía paredes y el techo ya estaba totalmente tomado por furiosas enredaderas.

federico2

La constante es el estancamiento antes de que exista el movimiento. Siempre lo he vivido y creo que importa más saber conducirse que conocer los caminos. Porque si sabes conducirte sabes cuándo parar con un color, no te atoras por casarte con una idea de la densidad que tiene la pintura cuando empiezas, ni haces sólo cierto tipo de pinceladas en vez de darle espacio a planos. Pero esto es algo que sólo ocurre y sólo se va volviendo claro en la medida en que pintas. Sólo se conocen esos caminos si los estás recorriendo, no hay un mapa. Y no es una cosa mental completamente, no lo comprendes, es más una cuestión de cómo te mueves. Y luego sabes que tienes ritmo porque pasa que empiezas a pintar mucho. A tener tela nueva y a estar preparando uno mientras estás pintando otro y ya no te atoras.

Lo que estaba intentando hacer yo era volverme un fenómeno natural, como ser una piedra o unas hojas. Y es lo que hay que hacer todavía, creo.

Aquí viene la parte más difícil del recorrido, advirtió él. Y caminamos por un sitio con matorrales espesos que había que recibir con los puños cerrados frente al cuerpo. Vimos ruinas de las cuales solamente quedaba un cuarto y parte de la puerta de madera podrida. Adentro las flores silvestres eran bonitas, fuertes. Lo ocupaban todo. Algunos magueyes iban ensanchándose con el sol que caía cual plomo a diario.

V2

Siempre me he clavado en las formas que aparecen cuando ves algún accidente natural. Las nubes o las grietas en una pared, algo que te evoca una forma. Me gustó mucho ver esas figuras cambiantes. Estuve buscando esa sucesión de los actos que se siguen a sí mismos y que entre menos intervención de mi voluntad de representar tienen más podían empezar a participar de la misma lógica de relación que tienen ciertas formas naturales. Lo que estaba intentando hacer yo era volverme un fenómeno natural, como ser una piedra o unas hojas. Y es lo que hay que hacer todavía, creo.

El cielo se cerró. Las nubes hacen espirales grisáceos pero nosotros no aceleramos el paso. Estábamos cultivando la visión. Pregunto si ahí no habían víboras y Federico contó que una de las noches escuchó cómo los perros mataban un animal. Él camina intentando ver el piso y abre la espesura con las manos para descubrir el esqueleto de un gato. Lo miramos un largo rato. Después Fede señala una gran ventana a lo lejos: es el taller.

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Parte de mi proceso es muy natural. Ahorita que tengo este taller hago expediciones y me meto y me trepo y busco animales y eso ocupa gran parte de mi tiempo, es parte de lo que hago. Cultivar la visión o algo así. No sólo es la visión, es toda la relación con las formas.

El taller está recargado contra una pared y toda la fachada es de vidrio, cual da a ese jardín denso e indomable. El ventanal se divide en miles de cuadritos que desde adentro enmarcan partes más pequeñas del paisaje. Contra el fondo, se apoya un bastidor con una pintura sin terminar. Pinceles por todos lados. Lápices, hilos, fotos, frazadas, vasos con agua de colores, cámaras, insectos, cuadernitos, animales hechos de alambre. Empieza a llover. Federico dice que por el ruido que hacen las gotas sobre el techo podríamos suponer qué forma tiene la nube.

Ana Mata es una joven terrícola que todavía no sabe si uno es de donde nace. Le gusta, sobre todo, la comunicación humana y los viajes.